Van 7 TERREMOTOS grandes en 4 meses en torno al PACÍFICO. ¿Hay que preocuparse?

REPORTEROS VALLARTA EN LÍNEA

Desde el pasado 1 de abril y hasta el terremoto que sacudió Colombia este 10 de agosto, el planeta ha registrado una llamativa sucesión de siete terremotos de magnitud 7.0 o superior, de acuerdo con el catálogo del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS).

Aunque científicamente no existe evidencia para afirmar que estos movimientos formen una sola cadena o que permitan anticipar otro gran terremoto, la acumulación de eventos en apenas cuatro meses vuelve a poner sobre la mesa la importancia de la prevención, particularmente para México y para una ciudad costera y sísmicamente expuesta como Puerto Vallarta.

La secuencia comenzó el 1 de abril en Indonesia, donde un terremoto de magnitud 7.4, con epicentro en el mar de las Molucas, provocó la muerte de al menos una persona, dejó varios lesionados y ocasionó daños en viviendas, una iglesia y otras construcciones.

El movimiento generó además pequeñas ondas de tsunami, una de ellas de alrededor de 75 centímetros. Apenas 19 días después, el 20 de abril, otro terremoto de aproximadamente 7.4 a 7.5 golpeó frente a la costa de Sanriku, en Japón. Allí no se reportaron fallecimientos, pero sí una decena de personas lesionadas y daños en más de 200 estructuras, además de evacuaciones preventivas ante la amenaza de tsunami.

La actividad continuó el 7 de junio en tiempo UTC —8 de junio en Filipinas—, cuando un terremoto de magnitud 7.8, el más fuerte de esta serie, sacudió Mindanao. El desastre provocó derrumbes, deslizamientos, daños carreteros, afectaciones en escuelas, viviendas y edificios públicos, además del cierre temporal del aeropuerto de General Santos.

Los balances fueron aumentando conforme avanzaron las labores de rescate: para mediados de junio las autoridades filipinas ya confirmaban más de 60 fallecidos, mientras reportes posteriores elevaron la cifra por encima de un centenar y más de mil lesionados. Pero el episodio más devastador ocurrió el 24 de junio en Venezuela, donde la población enfrentó un inusual doblete sísmico: primero un terremoto de magnitud 7.2 y apenas 39 segundos después otro de 7.5.

El USGS confirmó que se trató de dos eventos distintos y que el segundo fue el principal. Las primeras horas hablaban de decenas de muertos, pero con el paso de las semanas el desastre adquirió dimensiones mucho mayores: para el 3 de agosto Reuters reportaba 6,125 fallecidos, mientras que balances posteriores difundidos este martes colocaban la cifra por encima de 6,300 víctimas, además de decenas de miles de personas atendidas en hospitales y miles de viviendas consideradas de alto riesgo. México tampoco estuvo ausente de esta cadena cronológica.

El 17 de julio, un terremoto de magnitud 7.3 ocurrió frente a las costas de Chiapas, cerca de Puerto Madero, y fue percibido incluso en Guatemala y El Salvador. A pesar de su elevada magnitud, no dejó fallecidos ni daños graves; se reportaron dos personas lesionadas en el sur de México y algunos deslizamientos menores. También se emitieron avisos preventivos por posibles variaciones en el nivel del mar, mientras las autoridades mexicanas activaron sus protocolos de revisión. Finalmente, este 10 de agosto, un terremoto de magnitud 7.4 sacudió el occidente de Colombia, con epicentro próximo a San José del Palmar, en Chocó.

La profundidad cercana a los 107 kilómetros no evitó consecuencias devastadoras en ciudades como Cali, Pereira y otras localidades del eje cafetero. Las cifras continuaban cambiando rápidamente este martes: Reuters reportó que el saldo había superado ya 250 fallecidos, mientras miles de personas resultaron afectadas, numerosos edificios colapsaron o quedaron severamente dañados y las operaciones de búsqueda continúan entre los escombros.

La sucesión ha provocado que en redes sociales reaparezca una pregunta recurrente: ¿se está “activando” el Cinturón de Fuego del Pacífico? La expresión puede resultar engañosa. El Cinturón de Fuego no es algo que se encuentre normalmente apagado y que de pronto se encienda; es permanentemente la zona sísmica más importante del planeta y allí ocurre aproximadamente 81% de los terremotos más grandes del mundo, debido principalmente a la interacción y subducción de placas tectónicas alrededor del océano Pacífico.

Que hayan ocurrido varios terremotos importantes en un periodo relativamente corto resulta llamativo, pero hasta el momento no existe evidencia científica que permita asegurar que todos estén conectados o que anuncien uno próximo en México. Y este punto resulta especialmente importante cuando México está próximo a entrar en septiembre, un mes cargado de memoria sísmica por los terremotos históricos ocurridos en distintas fechas de ese mes.

El Centro Nacional de Prevención de Desastres Naturales (CENAPRED) ha insistido en que los sismos no ocurren por temporadas y no pueden predecirse: actualmente ninguna institución científica puede establecer con anticipación la fecha, hora, lugar y magnitud exacta de un terremoto futuro. Por eso, relacionar septiembre con una supuesta “temporada de sismos” carece de fundamento científico.

Lo que sí llegará en septiembre será el Segundo Simulacro Nacional 2026, programado por el Gobierno de México para el sábado 19 de septiembre a las 12:00 horas. Más que provocar alarma, los acontecimientos internacionales de los últimos meses deberían reforzar precisamente el objetivo de esos ejercicios: saber cómo reaccionar cuando el movimiento comienza, porque un terremoto no puede evitarse ni anunciarse con días de anticipación, pero muchas de sus consecuencias sí pueden reducirse mediante preparación, construcciones seguras, rutas de evacuación conocidas y una población que sepa qué hacer.

Puerto Vallarta tiene razones históricas suficientes para tomarse esa preparación con seriedad. La costa de Jalisco forma parte de una región tectónicamente compleja donde interactúan las placas de Rivera, Cocos y Norteamérica, junto con el llamado Bloque de Jalisco. Investigadores de la Universidad de Guadalajara consideran esta región una de las tectónicamente más activas de México, por lo que sería más correcto hablar de un complejo sistema sísmico regional que reducir todo el riesgo a una sola supuesta “falla Colima–Vallarta”.

La historia lo demuestra. El 3 de junio de 1932, frente a las costas de Jalisco y Colima, ocurrió un terremoto de magnitud 8.2, considerado por CENAPRED uno de los mayores registrados instrumentalmente en México durante el siglo XX. Cerca de 400 personas murieron y hubo graves daños en la región. Ese mismo mes se presentaron otros dos fuertes terremotos, de magnitudes 7.8 y 6.9, y el último generó un devastador tsunami que alcanzó hasta diez metros de altura en algunos puntos de Colima y provocó otras 75 muertes en Cuyutlán. Puerto Vallarta vivió además directamente los efectos del gran terremoto del 9 de octubre de 1995, de magnitud cercana a 8.0, ocurrido frente a las costas de Jalisco y Colima.

Ese movimiento fue tan fuerte en la ciudad que dañó severamente la característica corona de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, uno de los símbolos arquitectónicos más reconocibles del destino, que posteriormente tuvo que ser sustituida. Es decir, la posibilidad de un movimiento fuerte en esta región no pertenece a la imaginación ni solamente a los mapas de riesgo: existen antecedentes históricos visibles incluso en el patrimonio de la ciudad.

Por eso, la recomendación no debe ser vivir con miedo, sino saber exactamente cómo actuar. Antes de un terremoto se deben identificar las zonas de seguridad de la vivienda, escuela o trabajo, fijar muebles que puedan caer, revisar instalaciones de gas y electricidad, conocer las rutas de evacuación y mantener lista una mochila de emergencia.

Durante el movimiento se recomienda conservar la calma, alejarse de ventanas y objetos que puedan desprenderse y colocarse en la zona de menor riesgo previamente identificada; salir corriendo mientras el inmueble está sacudiéndose puede incrementar el peligro. Después hay que revisar posibles daños y fugas, evitar encender fuego si existe olor a gas, mantenerse atento a las réplicas y seguir solamente información oficial.

En Puerto Vallarta existe además una consideración adicional: el mar. Si se registra un terremoto fuerte y prolongado en la costa, particularmente uno que dificulte permanecer de pie, no debe acudirse a la playa a observar qué sucede. Protección Civil recomienda alejarse inmediatamente de playas, ríos, arroyos, zonas pantanosas y lagunas y trasladarse hacia zonas altas ante la posibilidad de un tsunami.

La experiencia de 1932 demuestra que el riesgo en la costa de Jalisco y Colima no es solamente el movimiento del suelo, sino también lo que eventualmente puede ocurrir después en el océano. Los siete grandes terremotos ocurridos desde abril no son una profecía ni una prueba de que esté por ocurrir otro en septiembre. Pero sí constituyen un recordatorio muy reciente de que la corteza terrestre está en movimiento permanente y de que México, Jalisco y Puerto Vallarta pertenecen a regiones donde los terremotos fuertes han ocurrido antes y volverán a ocurrir en algún momento. No sabemos cuándo será el próximo; lo que sí podemos decidir desde ahora es qué tan preparados estaremos cuando suceda.

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