Arquitectos LAMENTAN destrucción de casa tradicional en el Centro de Puerto Vallarta

REPORTEROS VALLARTA EN LÍNEA

La demolición de una finca tradicional ubicada en la esquina de Morelos y 31 de Octubre, en cuestión de pocos días y comenzando de la noche a la mañana, misma que se encontraba dentro o rosando el Fundo Legal de Puerto Vallarta, volvió a encender la discusión sobre la manera en que la ciudad está perdiendo, pieza por pieza, la arquitectura que durante décadas le dio identidad al centro histórico, como una herida apenas abierta.

La casa demolida conservaba una imagen típica del viejo Vallarta: muros blancos de gran sobriedad, guardapolvo rojo en la parte baja de la fachada, techo inclinado con teja de barro, puertas y ventanas de herrería negra, proporciones sencillas, banqueta angosta, calle empedrada y una escala urbana de barrio tradicional. No era una construcción monumental, pero sí era una de esas fincas que daban continuidad visual al centro, con esa arquitectura regional de pueblo costero que todavía distingue a Puerto Vallarta frente a cualquier destino verticalizado y genérico.

El inmueble que tenía el número 821 y era sede de unos famosos tacos, Los Acapulco (que se mudaron a otro domicilio en la Colonia 5 de Diciembre) constaba de una finca de dos niveles, con cubierta de teja, ventanas protegidas con barrotes, muros blancos y elementos propios de la construcción tradicional vallartense. En una de sus vistas más abiertas, la esquina aparece acompañada por jardineras, bugambilias, una luminaria y el trazo empedrado de la calle, integrándose al paisaje urbano del centro.

Esa composición, más allá del estado físico del inmueble, formaba parte de la memoria visual de la ciudad. Tras su destrucción, el Colegio de Arquitectos de Puerto Vallarta del Estado de Jalisco lamentó públicamente la demolición del inmueble y precisó que, aunque no estaba catalogado como una finca de valor patrimonial relevante, sí formaba parte del conjunto arquitectónico que da identidad al centro tradicional del puerto.

El organismo también reconoció que existía un dictamen de Protección Civil que advertía daños estructurales importantes y riesgo para la población (aunque nunca se dijo en qué grado ni qué tipo de daños). Ese argumento fue el utilizado por los propietarios para sostener que no había nada más que hacer.

Sin embargo, la discusión de fondo no termina ahí. En un polígono que se supone sujeto a criterios de protección por parte de la Secretaría de Cultura y de las autoridades municipales, una demolición total debería ser el último recurso, no la salida inmediata. Antes de tirar una finca con teja, madera, ladrillo, piedra y escala tradicional, tendrían que haberse agotado alternativas de consolidación, rescate parcial, conservación de fachada o intervención especializada, señalaron los arquitectos agremiados.

La crítica no consiste en negar que un inmueble pueda representar riesgo. Si una estructura pone en peligro a peatones, vecinos o trabajadores, la autoridad debe actuar. Pero el problema en Puerto Vallarta es que muchas fincas tradicionales se abandonan, se deterioran, se dictaminan como peligrosas y finalmente desaparecen, mientras la ciudad se va quedando sin las casas que sostenían su imagen de pueblo mexicano frente al mar.

Por eso preocupa lo que pueda venir después. Hasta ahora no se ha informado oficialmente qué se construirá en el terreno, pero ya existe especulación entre vecinos y observadores urbanos sobre la posibilidad de que el predio termine ocupado por una nueva microtorre de cuatro o cinco niveles, o incluso por un volumen moderno más agresivo, de esos con departamentos pequeños que se venden en 3 o 4 millones por 45 metros cuadrados a extranjeros y que permanecen vacíos buena parte del año.

La desaparición de esta casita no es un hecho aislado: es una señal más del choque entre la memoria urbana y la presión inmobiliaria. Puerto Vallarta se promueve como destino con encanto, tradición, calles empedradas, fachadas blancas, tejas rojas y bugambilias, pero al mismo tiempo permite que las construcciones que sostienen esa postal sean demolidas para abrir paso a modelos arquitectónicos que muchas veces no dialogan con el entorno.

El Colegio de Arquitectos llamó a autoridades, empresarios, desarrolladores, vecinos, académicos y profesionistas a sumar esfuerzos para preservar el patrimonio construido. El llamado llega cuando la maquinaria ya hizo su trabajo, pero también deja una advertencia clara: si no se fortalecen los mecanismos de protección, el centro de Puerto Vallarta seguirá perdiendo su esencia no de golpe, sino esquina por esquina, casa por casa, hasta convertirse en una versión cara, moderna y vacía de sí mismo.

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